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Revista - Cròniques (Cròniques d`excursions i recomanacions d`itineraris)
Quien tiene pies...
EditorRaquel Andrés Durà
Data16/05/2009

Quien tiene pies…


 

 

No es lo que diceel dicho, pero quien tiene pies puede llegar a cualquier parte. En un mundodominado por el ruido, el tráfico, las prisas, la contaminación, la comodidadestupidizante, el mal humor, el agobio y el estrés, parece inimaginable pensarsiquiera en una alternativa como medio de transporte o de ocio que escape de lasmanos de los señores del petróleo. Si hablamos de sostenibilidad, la bicicletatambién entra en nuestros parámetros. Pero queremos llegar un poco más lejos.No hablamos sólo de ecología, sino de independencia, de libertad. Qué placersentir llegar a un destino gracias únicamente a tus pies. Advertir que la voluntadrecorta las distancias. Que tus pies no se detienen en caminos estrechos quedejan en evidencia a los coches. Que tus pies aguantan las cuestas másempinadas que asustarían a cualquier bicicleta del montón. Tus pies son libres,que no los detenga la comodidad.

            Los días 8 y 9 de mayo se celebró,coincidiendo con la luna llena, la XIII Marcha Ferroviaria Dénia-Alicante, quebordea el trayecto del ferrocarril. Una caminata que prevé un recorrido de 105 kilómetros.

Son las 19.30 de la tarde del viernes. En un cuarto de hora los corazonesse acelerarán al compás del ferrocarril que se pondrá en marcha, nerviosos porcomenzar una larga aventura. Mochilas a las espaldas, pulcros aspectos dedeportistas natos, y muchas ganas de empezar. Algunos llevan lo justo ynecesario en pequeñas bolsas. Otros, por el contrario, más previsores o quizásmás maniáticos, llevan una abultada bolsa de deporte como si les esperara unlargo viaje por delante. Y no están tan equivocados. Hoy es gratis, porsupuesto, el tren para los participantes. En Alicante, el tren sale de laestación del Mercado y finaliza en Benidorm una hora después, donde corriendotransbordamos al ferrocarril que nos llevará a nuestro destino final: Dénia.Debido a problemas técnicos, llegamos con algo de retraso. Ya en la estación deDénia, ingerimos algo de cafeína para aguantar toda una noche –y todo un día–sin dormir. Mochilas al camión, chalecos reflectantes, comer un poco, agua parael camino y foto de familia. Dicho y hecho. Por fin se da el pistoletazo desalida sobre las 11 de la noche.

Ante las miradas curiosas de los viandantes que preguntan a dónde nosdirigimos a esas horas de la noche, la marcha pasa por Gata de Gorgos. Cerca seefectuará la primera parada, donde aprovecharemos para comer algo de bizcocho yun chupito de una deliciosa mistela que nos repone al instante las energíasgastadas. Listos para reemprender la marcha. El velo nocturno no consigueocultarnos la belleza del paisaje alicantino. Nos convertimos en un montón deluciérnagas desfilando por la oscuridad. Alumbrados por linternas y por latenue luz de una bonita luna llena, los alrededores nos deleitan con preciosasmontañas que juegan con la niebla a disfrazarse de montañas nevadas. Unafurgoneta nos acompaña para recoger a quienes les flojean las fuerzas. PasamosTeulada y Benissa. Sobre las 3 de la mañana, se para, se come algo, y nosalentamos para el tramo nocturno más complicado: la ascensión al Mascarat. Muchosdeciden “quedarse en tierra” y abandonan. Otros prometen reencontrarse con elresto del grupo después, viajando en la furgoneta. Otros muchos no se acongojany continúan. Esto no ha hecho más que empezar.

Cuando llevamos unas horas andando, la luna comienza a caer, y junto aella, algunos que se arrepienten de la decisión de continuar la marcha. Elgrupo se comienza a fragmentar en tres partes bien definidas: quienes van encabeza a un paso militar, quienes van a un paso menos vigoroso, y por último,quienes bastante tienen con seguir la marcha como para además aligerar el paso.Los denominaremos grupo 1, 2 y 3 respectivamente, porque durante unas horaspermanecerán separados, sin saberlo ni muchos de ellos.

El grupo 1 continúa su marcha militar, y quienes toman la delantera sonlos que se ocupan de seguir las marcas y las flechas verdes señaladas en latierra o en las piedras. En algún momento este grupo está a punto de subdividirseen otro. Se llegan a encrucijadas. Algunos ya han hecho la marcha ferroviariaotros años y se muestran sorprendidos ante los caminos tomados. Pero todosconfiamos en quienes toman las decisiones de la mejor forma que pueden y losseguimos como ovejas. Ante la ignorancia general, es lo único que podemoshacer. Finalmente, con el sol despuntando por el este, llegamos a la carretera.No hemos ascendido el Mascarat. Evidentemente, algo ha salido mal. Parece queno queda más remedio que esperar un autobús que nos reunirá a todos en Altea,en principio. Pero hay tanta gente, que muchos deciden tomar su propio camino,y andar hasta la estación más cercana, la de Calpe, y subir al tren con destinoBenidorm, donde nos esperará el desayuno. Nos duele cada kilómetro que noandamos porque sentimos que estamos despojando el espíritu de la marcha, peronos resignamos porque no queda más remedio.

El grupo 2 asciende al Mascarat y parece seguir la ruta prevista. Elgrupo 3 también acaba en la carretera, pero algo más arriba que el grupo 1.Muchos abandonan visto el panorama y deciden dar un descanso merecido a sucuerpo. Otros llegarán a Benidorm en tren o en el autobús para recuperar el tiempoperdido y poder retomar la marcha todos juntos de nuevo. Nos reagrupamos trasun fallo consecuente de la imprevisibilidad de la especie humana comoindividuo.

Chocolate y magdalenas y sobaos. Muchos aprovechan para un aseo generalen los aseos de la estación de Benidorm. Los fisioterapeutas inician suagradecida labor de masajear los cansados pies, que continuarán en el resto deparadas. Recargadas las energías, de nuevo en marcha. Todavía queda un largodía por delante. Muchos participantes nuevos se unen en la estación de Benidormde buena mañana y suplen a todos los que han abandonado. El grupo engrosa denuevo y el sueño olvida su razón de ser.

Atravesamos Benidorm de cabo a rabo. Hoteles, apartamentos gigantescos ytiendas en inglés. Llegamos a la playa del Finestrat, y enseguida entramos enel término municipal de Villajoyosa. Se pasa por la Cala y se llega a la playadel Torres. Parada y el baño “casi” obligatorio, que se reduce a unas pocaspersonas. El resto bastante cansancio lleva encima para cargarse de sal. Portanto, para muchos se convierte en un descanso más donde reponer fuerzas conlos frutos secos que aporta la organización. Además, el tiempo nublado tampocoacompaña. Sin embargo, el calor se filtra entre las nubes y reemplaza elfrescor nocturno. Bebidas frías para saciar la sed. Camino a Villajoyosa.

Con la llegada del día, el TRAM despierta de nuevo. Son muchos los trenescon los que nos cruzamos. Los maquinistas saludan a los senderistas y hacensonar con orgullo su locomotora. Las miradas de las personas con las que nostopamos en las ciudades están cargadas de sorpresa e incomprensión. Pero lasmiradas cruzadas entre maquinistas y senderistas están unidas por la complicidady por la admiración.

Son las 12 del mediodía. En Villajoyosa nos reciben con un abundantepiscolabis. Empanadillas, coca, pizzas, napolitanas. Un gran surtido de comidapara aguantar el tramo considerable que todavía nos separa de Venta Lanuza,donde pararemos más tiempo para comer. Nos despedimos de las típicas casitas decolores y emprendemos camino al restaurante. Tres horas de caminata. Deconsiderables y numerosas cuestas de subida y de bajada. Túneles que obligan aencender las linternas de nuevo. El buen cuidado y la buena conservación de loscaminos provocan comentarios anónimos de elogio hacia los organizadores. Porsuerte, el día está nublado y el sol no aplasta a los senderistas. Un grupo departicipantes cuenta con un compañero de camino algo insólito: un perro. Alegrey vital, disfruta como el que más en la Marcha Ferroviaria.Y como sus compañeros humanos están demasiado ocupados en caminar, aprovechapara hacer sus travesuras: comer hierba, jugar con desperdicios, brincar…

Son las 3 de la tarde. Hora de comer. Llegamos, pues, al restaurante deVenta Lanuza, donde devoraremos paella o macarrones, y pollo o chuletas, segúnlos gustos de cada comensal. La Cruz Rojade Benidorm se encarga de curar y prevenir, como pueden, los problemas físicosque han surgido. Muchas bambollas y algún tendón mal colocado. Nada grave, peroel cansancio acumulado lo magnifica todo. Muchos abandonan en esta estación. Lalluvia es otro de los motivos de las deserciones. Pero son muchas horas a lasespaldas, y ése es un motivo suficiente para seguir adelante y acabar con loempezado. Tantas horas de caminata han estrechado lazos entre desconocidos, hanforjado amistades, seguramente efímeras, pero de ahí radica la belleza de estasrelaciones incondicionales.

Reemprendemos la marcha con el cansancio en el cuerpo y algunos conmolestias que deciden ignorar, pero por lo menos, ahora tenemos el estómago lleno.Por suerte, la lluvia pronto se apiada de los senderistas. La siguiente paradaserá ya la penúltima de la marcha: un pequeño descanso en Coveta Fumà. Actoseguido, proseguimos rumbo a El Campello, pueblo que atravesaremos de unextremo al otro, hasta llegar a la playa.

En la cola de la marcha los ánimos comienzan a decaer y las fuerzasflojean. Lo que en otras circunstancias hubiera sido un bonito paseo por laplaya, ahora se convertía en una pasarela de mártires. No obstante, todavía hayganas de hablar, de planificar futuras caminatas y de soltar algunas bromas.Las risas perduran hasta en los momentos más difíciles. El humor se convierteen un atenuante del cansancio. Palmeras y más palmeras. Llegamos a la playa deSan Juan, aunque apenas se advierte. La playa parece interminable, notamos cómocada paso que damos es un grano de arena en la inmensidad Mediterráneo. Hastaque un cartel anuncia la entrada en el término municipal de Alicante. Próximosal Cabo de la Huerta,efectuamos la última parada. La última dosis energética de frutos secos para elúltimo tramo. Sin embargo, la energía viene por sí sola. El destino en elhorizonte es una motivación suficiente. Entonces nos embriaga una sensacióncontradictoria: por un lado, la alegría del final, del merecido descanso, de laconsecución del objetivo, de la victoria; pero por otro lado, una nostalgiaprematura de una jornada intensa de recuerdos, de vivencias y de personasconocidas. El miedo a despertar de un sueño pesado y a la par gratificante. Lamelancolía de percatarse de que, en realidad, todo ha sido efímero, como lavida misma. La noche llega de nuevo, esta vez como metáfora de la muerte deldía. Tal y como empezó, se acaba todo. La oscuridad se asienta como evidenciade un ciclo circular y concluso.

Pasamos la estación de La Isleta. Esel principio del fin. La emoción de la llegada explota en una alegría quevitorea a los policías que detienen los coches para facilitar la marcha. Lacantera se alza majestuosa en paralelo a nuestro camino y nos conduce al ocasode la caminata. Unos minutos más, y cada vez se hacen más grandes los semáforosque controlan el tráfico ferroviario en nuestro ansiado destino: La Marina. Ahí están, las vías quenos han acompañado durante toda nuestra larga travesía. Como si fuera la mismavía la que ha contemplado cada uno de nuestros pasos. Como si fuera un objetovívido que nos hubiera estado mirando, un ente casi místico que ha estadovelando por nosotros dominado por su profeta: el maquinista. Una serpiente quenos ha guiado por el camino correcto.

Son alrededor de las diez de la noche. En cabeza llegan los participantesmás veteranos acompañados de los participantes más jóvenes. Flashes y másflashes deslumbran a todas esas estrellas que ya brillan por sí solas. Niños,jóvenes, adultos y mayores. Personas que han demostrado que el andar no tieneedad. Su voluntad y su pasión por el deporte han superado todos los obstáculoshasta llegar al destino autopropuesto como meta personal. Un cúmulo de personasaplaude la entrada triunfal a la estación de TRAM de La Marina. Besos, abrazos yalegría que de repente diluye el cansancio físico de los participantes. Lasmejores victorias son las compartidas, y a pesar de ser anodina para el restodel mundo, es glorificadora para sus héroes anónimos. En la estación hay barralibre para los expedicionarios y se han desplegado mesas con comida variada parallenar los estómagos de los recién llegados. El principal organizador de la Marcha Ferroviaria,Fermín Moreno, reparte varios premios entre los asistentes. Por supuesto, sulabor apasionada y desinteresada también es recompensada.

Para algunos es la primera vez. Otros guardarán esta satisfacción en lamemoria, junto a los buenos recuerdos de otros años. Los pies, agotados perofelices por haber sido libres para demostrar de lo que son capaces. Y esa llamainterior que contra viento y marea nunca se apaga, la pasión por hacer algo, eneste caso andar, ya revolotea nerviosa pensando en la cuenta atrás de la XIV Marcha Ferroviaria.■

Más información: www.mascarat.es

Raquel Andrés Durà

  Fes clic en la imatge que vols veure
En Benidorm, esperando a los que van en la cola de la marcha
Cargando las mochilas al camión para reanudar la marcha
Esperando al tren en Calpe para recuperar el tiempo perdido
Los participantes llegando a la playa del Torres, donde descansarán unos veinte minutos muy agradecidos
Pasando la Cala. En ocasiones había que tener mucho cuidado con no resbalar.
Un joven se moja las piernas y una mujer se dispone a entrar al agua. Ni las ganas ni el tiempo nublado incitaban al baño.


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