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Revista - Cròniques (Cròniques d`excursions i recomanacions d`itineraris)
Marruecos Nómada con JosanAventurs.com BAJADA AL MORO PUENTE DE LA CONSTITUCION DICIEMBRE-2006. IMPRESIONES DE UN VIAJERO. Por Jesús Alberto García Sánchez. (By Alberto de Marrakech)
EditorJosan Maside
Data15/04/2009
Autor: Josan Maside Origen: Jesús Alberto García Sánchez
Llicencia d'ús: Creative Commons BY-NC-SA

Relato de una anterior edición del MARRUECOS NOMADA Y SENDERISMO de Josan Aventurs

BAJADA AL MORO PUENTE DE LA CONSTITUCION DICIEMBRE-2006.

IMPRESIONES DE UN VIAJERO. Opinión, Por Jesús Alberto García Sánchez. (By Alberto de Marrakech)

 

Viaje contratado con Josan Aventurs. Pequeña empresa afincada en Barcelona de un Freelance que organiza viajes con un estilo diferente al de las grandes agencias de viajes.

El espíritu de este viaje es un recorrido en furgoneta por gran parte de Marruecos visitando y pateando lugares de interés ya sea por su gente, por sus grandiosos paisajes, o por ambos a la vez. 

Se visita el Norte rifeño, el Atlas medio  y el desierto sahariano del sur.

 

Yo contaré mis impresiones desde mi punto de vista de lo que he vivido y lo que me ha parecido el viaje.

Para comenzar diré que siendo de Salamanca, es el viaje en el que he ido más al sur de todos y sin avión.

Es un viaje que considero muy recomendable ya que siendo Marruecos un país vecino y a muy poca distancia de España (solo hace falta coger un ferry en Algeciras y en menos de una hora estás en África) se descubre un territorio totalmente diferente al que conocemos en la península con grandes contrastes del campo a ciudad, de costa a montaña, de esta al desierto y a los palmerales... Y con una forma de vivir totalmente distinta a lo que conocemos en Europa.

Mi itinerario parte desde Salamanca una fría noche de diciembre subiendo a un autobús que hace el recorrido El Ferrol – Algeciras siguiendo la ruta de la plata. Salamanca- Cáceres-Zafra-Sevilla-Cadiz-San Fernando-Algeciras. El viaje dura toda la noche en un autobús lleno hasta las trancas en el que malduermes durante once horas desde las doce de la noche hasta las once de la mañana del día siguiente. 

Al llegar a Algeciras guardo la maleta en consigna, ya que hay que esperar al resto del grupo que llega mas tarde en furgoneta, y llamo a dos viajeros que han llegado antes en tren desde Madrid, Luis y Arantxa.

Nos tomamos un café con una buena tostada con aceite y tomate, manjar de dioses, y callejeamos por Algeciras tomando el pulso a la ciudad.

Es una buena aproximación para lo que vendrá después, ya que por sus animadas calles, estrechas, abigarradas, llenas de color y sonidos ya se intuye el sabor del magreb.

A las dos de la tarde llegan los viajeros de Barcelona y enseguida embarcamos para coger el ferry de las dos y media.

Nos comemos los bocadillos traídos de casa degustando los embutidos, jamón, chorizo, lomo de ese animal tan estimado en el mundo cristiano como denostado en el musulmán, el cerdo.

Después de saciado el hambre, llegan las oportunas presentaciones al mas puro estilo un, dos, tres, soy fulanito, vengo de algún sitio y me he apuntado a esto porque tal, cual, y aquello.

Nos montamos en la que será nuestra segunda casa durante una semana, la furgoneta, en la que conviviremos 14 personas, incluyendo al guía, y ponemos pie, o mejor dicho rueda, en el continente africano en la ciudad todavía europea de Ceuta.

En diez minutos atravesamos la ciudad, ya que es muy pequeña y llegamos al puesto de control de la frontera.

En este punto nos encontramos con la burocracia y con los primeros “amigos” buscavidas que te solucionan el trámite administrativo bastante complicado y en el que vemos a mas de un “guiri” con cara de despistado alucinando en colores sin saber a donde dirigirse y en que cabina esta su ficha blanca a rellenar y su pasaporte que rula de mano en mano cual petardo entre un grupo de colegas.

Pasado este punto rodamos ya por territorio marroquí rumbo al sur camino de Chauen.

Atravesamos Tetuán sin parar para nada, las ciudades norteñas tipo Tetuán o Tánger es mejor evitarlas.

Recorremos el Rif marroquí atravesando tierras de cultivo y pueblos junto a la carretera que suelen estar atestados de gente. 

La llegada a Chauen es espectacular ya que esta ciudad santa para el mundo musulmán se encuentra en plena montaña y con las murallas que rodean a la medina todavía en pie. 

Es una de las ciudades más pintorescas de todo Marruecos debido a que se conserva intacta la intrincada medina con sus casas encaladas de blanco y la parte baja teñida de un irisado azul añil.

Además tiene un sabor muy especial ya que en esta ciudad se refugiaron árabes y judíos expulsados de España y que llegaron a formar un barrio propio.

El barrio de los andaluces, en la parte alta de la medina. Hasta hace relativamente poco tiempo estaba prohibida la entrada a los occidentales en la ciudad, fue a mediados del siglo XVIII que un viajero inglés haciéndose pasar por judío pudo pasar una noche en Chauen.

Nuestro hotel “Loubar” de reciente construcción pero muy bien ambientado en el lugar queda alejado de la medina como a un kilómetro.

El trayecto desde el hotel hasta la medina se convierte en un momento mágico al percibir los olores del campo y los sonidos de los muecines solapándose y reverberando en las vecinas montañas que llaman a la oración de los creyentes en el crepúsculo.

La imagen de la medina abigarrada a la luz del ocaso solar se antoja espectacular. Antes de atravesar la una de las puertas que protegen a la medina pasamos por el lugar conocido como “Ras el Ma”, que es el lugar de donde aflora un río subterráneo que procede del las calizas montañas vecinas y que es el que abastece de agua potable a la población.

Está protegido dicho lugar por una caseta que el guardián muy amablemente se brinda a mostrarnos e incluso a degustar un poco de esa agua recién salida de la roca.

Perderse por la medina de Chauen es una autentica pasada por lo intrincado de sus calles sus recovecos y diminutos callejones que terminan en diminutas puertas.

Cenamos en un restaurante, por llamarlo de alguna manera, una cena tipo plato combinado pero en plan marroquí, ambientada por un televisor puesto a todo trapo en el que el dueño del local se afana por buscar una emisión que nos agrade hasta que nos sintoniza una cadena en la cual retransmiten un partido del barca radiado en árabe.

Después de perdernos un rato por la medina llegamos a la plaza, en un chiringuito de los locales intentamos tomar un té con menta, pero está hasta arriba de parroquianos.

El dueño del garito tras desalojar dos mesas para nosotros nos instala en una esquina del local para que no nos molesten mucho los clientes, aunque la verdad es que ellos están a lo suyo, o fumando sus cosas o viendo el partido del barca o las dos cosas a la vez.

Nos sirven el famoso güisqui marroquí, te con menta en un enorme vaso y repleto de hojas de hierbabuena.

El té verde con menta es una de las cosas que están más ricas aquí en Marruecos y sientan de maravilla como postre y sustituto del café que no les queda tan bien. 

Nos vamos al hotel a pasar la primera noche y a descansar del viaje. Yo todavía tengo la espalda como un ocho del autobús hasta Algeciras.

A la mañana siguiente desayunamos en un salón marroquí  un zumo de naranja recién exprimida y unas tortas fritas que con mermelada están de muerte.

Nos encaminamos en primer lugar a la ermita de los españoles. Pequeña mezquita construida durante la época del protectorado español en Marruecos que está sobre una pequeña colina alejada de la medina y que se construyo con la idea de controlar a la población local fuera de la intricada medina y que los habitantes locales no aceptaron como suya por lo que actualmente se encuentra en ruinas.

Después de este paseíllo nos dirigimos a la medina para que cada cual haga lo que más le apetezca. 

Una parte del grupo se pierde por la medina para pasear o comprar, y otra parte nos quedamos en la plaza decidiendo lo que hacer, barajamos la idea de visitar la alcazaba que es el edificio singular de la población, tras unos instantes de deliberación accedemos para visitarla, de origen defensivo alberga una exposición de pintura de artistas locales además de otra de trajes, utensilios y costumbres locales.

La oscuridad de las mazmorras en las que todavía existen cadenas con las que sujetaban manos y tobillos de los condenados impresionan al visitante.

El jardinero muy amable con nosotros nos explica el significado de los distintos trajes rifeños así como de vocablos de origen árabe que utilizamos nosotros, como por ejemplo xaitum, aceituna. O  al-jarra, jarra...

En este punto se produce una anécdota del viaje digna de reseñar. A Chauen llegan extranjeros de todas las nacionalidades, en parte por la singularidad del lugar, la artesanía o el hachís.

El jardinero que andaba paseando por el patio interior nos comenta (todo en perfecto castellano) que en cuanto nos vio supo que éramos españoles y que si sabíamos por que podía saberlo.

Le digo que por los rasgos faciales, herencia árabe, a lo cual dice que no, que estábamos de espaldas, por el color del pelo le espeta otro,  a lo cual responde que tampoco, nos rendimos al enigma planteado y le pedimos que nos lo cuente a lo cual nos responde que por la postura de los españoles de poner los brazos en jarras.

Nos quedamos sorprendidos ante la respuesta y nos explica que cuando en España no sabemos que hacer o estamos en reposo la postura que adoptamos instintivamente es con ambos brazos apoyados junto a las caderas en posición de asas de jarra y con un pie más avanzado que otro, esa postura también la manifiestan en Chauen, pero no por ejemplo franceses o italianos que permanecen con los pies juntos o ingleses, tiesos como un palo.

Nos va explicando el uso de distintos elementos allí expuestos y llegamos junto a una antigua fotografía ante la cual nos pregunta que tiene de especial.

La foto retrata a varios soldados españoles en los años 20 del siglo veinte, protectorado español, junto a varios rifeños en la plaza de Chauen con la antigua alcazaba de fondo.  Tras unos instantes de incertidumbre y de no saber a que se refiere el jardinero nos indica la postura de los soldados españoles, ¡¡¡Con los brazos en jarras!!!.

Nuestra sorpresa es mayúscula y como ya hemos terminado la visita le damos unos diharns en agradecimiento por sus comentarios y el buen rato. Salimos de la alcazaba con muy buen sabor de boca con todo lo que hemos visto y conocido.

Nos internamos por la medina a dar una vuelta y a la hora de comer nos dirigimos a un restaurante de la plaza donde Josan ha encargado la comida, comemos estupendamente: harira-sopa marroquí-, cuscús, tallín o pastela, y a mitad de comida aparecen dos “amigos” ya entrados en años que nos deleitan con unos cantos del lugar acompañados por una pandereta y un violín, el intérprete de la pandereta está medio loco pues se parte el culo el solito de vez en cuando y sin venir a cuento, pero son un punto los dos tipos, algo así como Faemino y Cansado en plan moruno.

Después del concierto y haber llenado el buche nos agarramos la furgoneta y ponemos rumbo a Fez donde pasaremos la noche.

El camino es largo, son casi cuatro horas de viaje, pero lo más curioso resulta el contraste entre la pobreza que se aprecia en la vida del campo con la opulencia de una gran ciudad como Fez con tiendas y grandes avenidas como en cualquier ciudad europea.

Llegamos al gran hotel de Fez con pinta del hotel del resplandor en el que según avanzas por el pasillo en cualquier momento esperas que aparezca Jack Nickolson con cara loco y persiguiéndote con un hacha en las manos.

El bullicio de la gran ciudad contrasta con la tranquilidad de la pasada noche en Chauen.

Al día siguiente nos despertamos pronto ya que hay que cruzar la cordillera del Atlas y llegar hasta las estribaciones del desierto del Sahara en el sur de Marruecos donde esperamos pasar la noche.

Al poco de salir de Fez ya nos encontramos ascendiendo a las montañas del Atlas y ya se empieza a notar por paisaje y vegetación que nos adentramos en territorio montañoso.

La primera parada la efectuamos pronto en un pueblo de montaña y nos dirigimos al mercado local para adquirir provisiones, tanto pan, agua, y fruta.

Proseguimos camino y pasamos por una población más propia de Suiza que de Marruecos, con edificios nuevos bancos tiendas especializadas en ski… lugar donde acude la población adinerada, que aunque en proporción es pequeña, existe, a esquiar en la temporada invernal. Al poco de salir de dicha población nos encontramos con un desvío que nos conduce al bosque de cedros del Líbano mayor del Atlas.

Pasear por entre estos descomunales árboles sintiendo la humedad de un bosque septentrional en mitad de Marruecos produce una sensación muy especial.

Además de estas grandes coníferas encontramos acebo, muérdago… y chiringuitos para vender al turista piedras, fósiles, baratijas…

Allí es donde adquiero un trilobites, artrópodo del paleozoico, junto a un diente de tiburón fosilizado, todo de la época cuando el Atlas era un gran océano. 

Proseguimos camino hacia el sur atravesando montañas, desfiladeros, estepas, pantanos, todo en una sucesión de paisajes grandilocuentes que a nadie deja indiferente.

Hacemos un alto en medio de un pedregal en el que no se ve rastro de vegetación en kilómetros a la redonda para aliviar el estómago con viandas traídas desde la península.

En este punto damos gracias por no ser musulmanes y poder degustar todo tipo de productos procedentes del cerdo: lomo, jamón, chorizo, espetec…

Proseguimos camino y enfilamos un desfiladero el cual recorremos un trecho a pie para estirar las piernas y echar unas instantáneas del río al fondo, también cruzamos un túnel excavado a pico y pala por la legión extranjera acompañados por un bereber que nos intercambia unos camellos hechos con hoja de palma por unos diharns.

Al poco ya se distingue la planicie sobre la que se asienta el gran desierto del Sahara.

Atravesamos multitud de poblaciones con atravesadas por unas carreteras que conectan los múltiples palmerales que están atestadas de gente que se desplaza a ritmo de pedal.

La noche nos cubre con su manto de oscuridad antes de que hayamos llegado a nuestro destino, y al final después de encarar la pista que nos conducirá al lugar donde pernoctaremos nos perdemos entre las múltiples kasbhas  situadas en primera línea de desierto.

A estas acuden los turistas occidentales en busca del relax y la tranquilidad que obsequia el desierto a cuanto acude a conocerlo.

Después de preguntar a un hombre azul nos indica cual es nuestra kasbha a la cual llegamos sin mayor complicación. Kam Fermal está regido por Elena, una catalana de Vilanova y la Geltrú que atrapada por la magia del desierto construyó, junto a un socio marroquí una casa de acogida en el desierto para turismo occidental.

El día que llegamos está casi todo lleno debido a raid 4x4 organizado por el Corte Inglés por lo que quedan pocas habitaciones libres y hay que dormir o en jaima o en una casa vecina destinada al servicio.

A la hora de la cena, tomamos la consabida harira, y el cuscús, muy bueno por cierto, amenizado por cánticos tribales de un colectivo muy peculiar.

Se trata de un grupo de danzantes con crótalos que repiten las rimas declamadas por la voz principal, que además marca el ritmo con el tambor.

Helena nos cuenta la historia de este colectivo que es muy interesante. Se trata de una minoría de color descendiente de esclavos liberados traídos de Guinea Conakry para trabajar en unas minas cercanas.

Por lo visto sólo se casan entre ellos por lo que mantienen intactas sus características raciales y culturales, lo que si han perdido es su lengua adoptando el bereber, salvo en sus cánticos que realizan en su lengua madre, aunque para ellos sea desconocida. Curioso, ¿verdad?… Después de la cena nos vamos pronto al sobre ya que al día siguiente hay que madrugar para subir a la gran duna y asistir a la salida del sol en el desierto.

Espectáculo sin par, el ver amanecer en el desierto es de esas imágenes que se quedan grabadas en la retina y que se recuerdan para siempre. Después de un paseo por las dunas para tomar el pulso al desierto y de algún atrevido (José Luís) que hace el sky bereber –te agarra un bereber por los pies y te tira duna abajo arrastrando por los pies- llega el suculento desayuno con zumo de naranja recién exprimido, tortas marroquinas con  mermelada, café todo ello reposando al tibio sol de diciembre que se agradece sobremanera.

Después de este contacto con el desierto nos montamos en la furgoneta dispuestos para realizar la ruta sureña de las kasbhas, desfiladeros, y palmerales.

Llegamos a una población antes de las gargantas del Todra en la cual sucede una anécdota digna de reseñar. Paramos en una planicie junto a la carretera, para tirar unas fotos ya que el paisaje en este punto es espectacular.

En dicha explanada se encuentran por lo menos 20 “amigos” que no disimulan su alborozo en cuanto nos ven llegar e incluso algún descarado hasta se frota las manos sin reparos en cuanto nos avista.

La secuencia de acontecimientos se produce a una velocidad asombrosa. No se ha abierto la puerta de la furgoneta cuando nos vemos rodeados por un enjambre de personal que corre a toda prisa hacia la furgoneta. Entonces cada valiente que se atreve a bajar de la furgoneta para echar unas fotos se ve rodeado por 3 o cuatro marroquíes que lo acosan sin descanso y en un instante todos están con un turbante enroscado en la cabeza y discutiendo el precio de la tela.

Hacen intentos, incluso de quedarse alguna chica de la excursión a la que incluso dan la dirección para que les escriba. Todas estas escenas se viven con grandes risotadas desde el interior del autobús en el que alucinamos por la situación creada.

Yo que me encuentro a salvo en al parte trasera del autobús ante la insistencia de un marroquí que me suplica le compre desde fuera de la furgoneta, le echo valor y salgo al ruedo para tratar con el y tras un duro regateo me llevo puesto un turbante bereber por 3 euros, cuando regreso a la furgoneta paso unos instantes de angustia ya que me cierran las puertas y los “amigos” se quieren quedar conmigo…

Al poco llegamos a las gargantas del Todra en las cuales el río ha excavado un profundo corte en la roca. Está salpicado el camino por vendedores de baratijas e incluso alguna mujer con niño y borrico que vende su imagen por unos diharns.

El paseo se hace muy agradable al sol de la mañana y se puede apreciar en ciertas zonas los destrozos producidos por las recientes inundaciones.

Proseguimos camino hacia los palmerales y la ruta de las kasbhas.

Almorzamos unas viandas en un restaurante que están arreglando por las inundaciones. Después nos damos un paseo por el palmeral de Tinerhir guiados por el chico del local que nos va explicando la zona.

Se produce una situación un tanto peligrosilla al atravesar un río sobre unas piedras que se mueven más que las zamburguesas de humor amarillo.

Todos los cultivos se encuentran arrasados por el agua y los campesinos se afanan en reparar los destrozos abriendo zanjas, creando diques y demás para que la rica tierra de cultivo vuelva a la fertilidad previa.

Por lo visto estas inundaciones pasadas hace 40 días se llevaron por delante más de doscientas casas y veintitantos hoteles. Ni que decir tiene que los damnificados no han recibido la más mínima ayuda por parte del gobierno, pero es que por lo visto los pobres no importan…

Proseguimos camino hasta un hotel reservado por el guía donde pasaremos la noche. Luis y yo que compartimos habitación nos metemos en el saco ya que las sábanas tienen un color especial… (3 estrellas marroquinas).

Al día siguiente proseguimos camino rumbo a Marrakech dispuestos a atravesar el Altas de nuevo, esta vez de Sur a Norte.

La carretera que nos conducirá a esta mágica ciudad se encumbra hasta un paso a 2200m de altitud.

La llegada a Marrakech, ya de anochecida, se antoja tumultuosa por la cantidad de vehículos, coches, camiones, motos, bicis y hasta carros con burros circulando por doquier y que nos da idea de la animación de esta gran ciudad. Nos reciben franqueándonos por la izquierda sus majestuosas murallas rojo tinto. A Marrakech se la conoce como la ciudad roja debido a la coloración que le dan a los edificios, pintan las fachadas de rojo porque si las pintaran de blanco como en el norte de Marruecos sus habitantes quedarían deslumbrados.  

Llegamos al parking donde guardaremos la furgoneta, que no es sino un solar abierto en el cual unos diligentes y estresados mozos almacenan los coches que les van llegando formando hasta 3 y 4 filas.

Al recoger nuestro equipaje tenemos unos instantes de indecisión ya que un hombre, ya entrado en años se ofrece a llevarnos nuestro equipaje en su carro, del cual tira él, hasta el hotel a apenas 200m, de donde estamos.

En cuanto un viajero pone una maleta en el carro, acto seguido se van sumando la segunda, tercera, cuarta,,, y así hasta 14 maletas que forman una gran torre sobre el carrito.

El hombre, muy diligente dirige su vehículo hasta el hotel con paso presto llegando antes incluso que nosotros.

Cuando recibe 100 diharns por su proeza dibuja una sonrisa de oreja a oreja con su desdentada boca y nos despide mas contento que un ocho.

El hotel elegido por el guía, el Islane, no puede tener mejor situación, justo enfrente de la Koutubia en plena avenida de Mohamed V. La Koutubia es una torre gemela de la giralda de Sevilla, edificada por el mismo arquitecto, y que impresiona por su elegancia y prestancia. Actualmente sigue en uso como minarete de una gran mezquita. 

El hotel resulta ser tan laberíntico como la ciudad, y al momento de buscar nuestra habitación, la 303, se nos hace harto difícil, ya que no sigue un orden lógico como el resto de los hoteles, en el que las centenas indican la planta en la cual se encuentra la habitación.  Tras dar vueltas y más vueltas por los pasillos en busca de la habitación damos por sentado que no la vamos a encontrar, y le preguntamos a un trabajador del hotel que muy amablemente nos muestra el camino. La habitación la compartimos Luis, de Burgos, Jose Luis, de Barcelona, y yo, de Salamanca.

Nos dirigimos a la plaza de Jemaa el-Fna, centro neurálgico de la ciudad y declarada patrimonio cultural de la humanidad.

La plaza de Jemaa el-Fna significa en árabe “plaza de la aniquilación” ya que en ella ajusticiaban públicamente a disidentes y delincuentes y después dejaban sus cabezas colgadas en picas para público escarnio y aviso a navegantes.

En la actualidad es un centro de encuentro y diversión con multitud de puestos de venta de dátiles, zumos de naranja, comida rápida, cuentacuentos callejeros, sacamuelas con la mesa llena de dientes de antiguos clientes, encantadores de serpientes, aguadores…  

Nos dirigimos todo el grupo a cenar y según pasamos por el medio de la plaza nos acosan los relaciones públicas que nos invitan a comer en sus chiringuitos con frases hechas como:

¡¡¡¡Que pasa Neeennnggg…!!!!. Pasamos de largo de todos estos sitios y nos encaminamos a un local en un lateral de la plaza, que por lo menos tiene agua corriente. Allí cenamos por dos duros y después nos vamos a tomar el té verde habitual a una cafetería de la plaza en la cual tienen unos de esos pastelitos que como diría Chiquito “quitan el sentío”. A continuación nos damos una vuelta por la plaza y al hotel a dormir.

El muecín de la cercana Koutubia nos despierta con su melodiosa voz, parece que se ha tomado unos buenos copazos, a eso de las 6.30h de la mañana, el puñetero. Después de la reparadora ducha y del suculento desayuno, con huevo cocido incluido, nos disponemos a conocer la ciudad.

La medina de Marrakech, la mayor del país, es impresionante, tanto por su tamaño como por la cantidad de tiendas que contiene y la multitud que pulula por ella. Resulta bastante agobiante por la cantidad de estímulos que se perciben a la vez. Ruidos, voces que te llaman, olores de especias, cueros, imágenes de objetos de todos los tamaños y colores…  La estructura del comercio y artesanía, con sus distintos gremios: herreros, curtidores, tejedores, ceramistas… da la sensación de un viaje en el tiempo al pasado preindustrial. En la segunda incursión al zoco de la medina es cuando sufro un pequeño atentado por parte de una mora pesadísima que se me pega a un costado cuan lapa tratando de venderme unas pulseras malísimas. Empieza por pedirme 5 euros por cinco pulseras y le digo que no, que son muy malas y no las quiero, insite con 6, y le reitero que no, prosigue con 7, ¡¡que no quiero pulseras, señora!!, y me sigue atosigando ofreciéndome 8. Ante tamaña persistencia y con la convicción después de 20 minutos de que o le compro pulseras o no me la quito de encima en todo el día, claudico y le compro las dichosas pulseras. Me sucede una cosa curiosa, y es que después de tanto tiempo con el soniquete de las pulseras, sufro un pequeño síndrome de Estocolmo y es que ando por el zoco como si me faltara algo, esa mosca cojonera, con unos grandes ojos verdes preciosos, que con un timbre melodioso de voz me repite, ¡compra pulseras!, ¡compra pulseras!, ¡compra pulseras!...

Nos acercamos a visitar la Medersa, antigua madrasa, escuela coránica, ya en desuso pero perfectamente conservada y vacía pero en la cual se puede imaginar perfectamente a una multitud de chiquillos correteando por los pasillos.  

También realizamos una visita a las ruinas del palacio de un rico-hombre. El museo de Marrakech sin embargo, resulta bastante interesante por todos los objetos expuestos, tanto de la vida cotidiana como de ornamentos de fiesta.

Por la tarde seguimos callejeando por la ciudad, y después cenamos y al hotel a dormir.

El día en Marrakech resulta interesantísimo, pero también cansado, tanto por lo andado, como por el embotamiento de cabeza.

Al día siguiente proseguimos camino al norte con el fin de hacer noche en Asilah. Realizamos alguna parada técnica intermedia, como por ejemplo en Rabat, para comer, y conocer su medina y la parte antigua.

De Rabat, se aprecia de inmediato que es mucho menos tumultuosa que Marrakech, más tranquila, y que tiene otro aire, ciudad costera, con calles color blanco pequeña pero amplia medina, y un aire de ciudad mucho más occidental,

Llegamos a Asiah ya de anochecida, desembarcamos en el hotel de cuyo nombre no quiero acordarme ni tampoco de lo cutre que era, que había habitaciones que no tenían ni puertas en los baños… Salimos para dar una vuelta y para cenar.

Nos dirigimos a un restaurante que había reservado Josán, acompañados por unos “amigos”, pero cuando llegamos, no nos convence demasiado, quizá por lo excesivamente recargado del local o por el megalómano del dueño, surgen disensiones dentro del grupo y nos decidimos a cambiar de local. Al final acabamos en “casa pepe” tomando pescado fresco y con la televisión de fondo en la cual las noticias de España, algo de temporal en Galicia, y a la cual no hicimos ni queríamos hacer mucho caso…

El desayuno que nos dispensaron en el hotel no desentonaba para nada con el sitio, tang de naranja y mermeladas, con lo cual mejor es no hacer mención de él. Pero el pueblo, costero, marinero de casas blancas encaladas, y con fuerte sabor a mar si que merecía la pena.

Se notaba que es un lugar dedicado al turismo y tenían las calles muy arregladas, y con muchas pinturas murales en sus paredes, lo cual le daba un aire muy especial al lugar.

Se respira una tranquilidad muy especial. Este es el último sitio que pateamos antes de dejar Marruecos y aquí se realizan las últimas compras antes de dejar el país.

La ruta hasta Ceuta, pasando por Tánger, es muy agradable por ir bordeando la costa, en una sucesión constante de montañas, valles, pueblos, bosques, el mar a la izquierda y más allá recortándose la costa de Cádiz.

El paso por la frontera a Ceuta lo realizamos en un tiempo record, sin ninguna complicación ya como si tuviéramos  gran soltura en hacerlo.

Nos dirigimos a la estación marítima con la intención de embarcar cuanto antes, pero aquí ya es cuando se nos complica un poco la cosa. Pretendíamos embarcar todos en el minibús hasta el barco, pero nos comunican que tenemos que hacerlo por el embarque para peatones, y Josán con el minibús por el acceso para vehículos. Por lo visto cambian las normas cada ocasión.

A partir de aquí la cosa ya pinta de poco interés, ya que el viaje de vuelta en Ferry es corto y solo da para comer algo de lo que no podíamos antes, bocata de jamón, cervecita… y también para intercambiar impresiones del viaje y direcciones. 

A partir de aquí, llegada a la estación marítima y despedida del grupo.

La verdad es que es una experiencia muy recomendable, aunque peque de escasa, ya que en una semana no da tiempo para conocer un gran país como es Marruecos, tan cercano a nosotros y a la vez tan alejado, tan próximo y tan diferente, del que tan sólo nos separan 14km de agua, aunque a decir verdad, la mayor separación la encontramos en nuestras cabezas.

FIN.

 

BAJADA AL MORO PUENTE DE LA CONSTITUCION DICIEMBRE-2006.

IMPRESIONES DE UN VIAJERO.

Por Jesús Alberto García Sánchez. (By Alberto de Marrakech)

 

 

 El Marruecos Nómada de diciembre 2006 


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Marruecos Nomada Dic. 2006


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